La campana de Pavlov



La democracia sustituye el nombramiento hecho por una minoría corrompida, por la elección hecha merced a una mayoría incompetente.

George Bernard Shaw

Ya se acaba la campaña electoral. Quedan poquísimas horas para que comience la jornada de reflexión: un día entero para cavilar. Así que me quedarán veintitrés horas y cincuenta y cinco minutos para ocuparme de cualquier otro asunto. Supongo que con cinco minutos me sobrará para dilucidar a quién otorgar mi voto; especialmente contemplando los enjundiosos argumentos que ha expuesto cada cual… Resulta paradójico que no haya nada sobre lo que meditar habiendo sido esta la campaña que más ha dado que pensar.

Se espera una participación del 40%; aunque probablemente será menor, sobre todo atendiendo a las cifras que arrojan otros Estados de la UE. Lo que implica que casi catorce millones de electores se acercarán a las urnas en nuestro país el domingo. ¿Y les parece baja? Pues apuesto un metrobús a que en España hay menos de un millón de votantes que conozca las iniciativas y propuestas concretas que planteará, al menos, uno de partidos españoles en la Eurocámara. Del programa electoral o un par de alternativas, lo que significaría decidir razonadamente, con una conducta verdaderamente democrática, mejor ni hablamos.

Claro que, sinceramente, dudo que incluso los afiliados a los partidos y toda la gente que acude a mítines y demás lo sepan realmente porque, salvo en casos aislados, la mayoría de las posturas que se defienden son muy ambiguas. En el “sí pero no” para eludir comprometerse coinciden todos. Aunque resulta razonable por cómo se estructura la Eurocámara (aglutinándose en grandes grupos a escala continental) y que en España sólo elegiremos al 7% de los parlamentarios; además de la ya de por sí reducida importancia que se le concede al Parlamento Europeo en el ámbito de las instituciones comunitarias. Total que nuestro sufragio concluye prácticamente irrelevante. ¡Soberanía divino tesoro!

Pero bueno, al fin y al cabo, no se puede exigir a la gente que comprenda la trascendencia que tendrá su decisión si ni siquiera sabrían enumerar los veintisiete miembros de la Unión Europea o los organismos que la conforman, etc. Y aún así, siguen insistiendo en que votemos, como si además de ignorantes fuésemos lelos. Parece que caldear un poco el ambiente escupiendo tópicos absurdos vale para hacernos creer que la abstención es de malos ciudadanos. Lo triste es que funciona: basta que los políticos agiten un poco la campana electoral para que mucha gente, como babosos perros pavlovianos, salga a la calle ondeando con orgullo la papeleta de su partido habitual, la cual ni siquiera habrá leído.

Felices aquellos que se satisfacen con secundar un dogma ciegamente, aunque eso suponga que sus derechos democráticos queden reducidos al mero placebo de perder un sobre dentro de un acuario repleto de papeles.


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